Esta consideración, en sí misma, no tiene nada de novedosa. Acerca del nacido como Robert Allen Zimmermann (Hibbing, Minnesota; mayo 24 de 1941), se han vertido ríos de tinta sobre de su vida, obra, connotaciones e interpretaciones en lo que es – sin lugar a discusiones – uno de los legados más estudiados de cualquier artista del siglo XX.
Pero Dylan ha trascendido más allá de la música. Una muestra de lo esto es su amplia relación con medio audiovisual, siendo uno de las primeros músicos del rock n’ roll en entablar una verdaderamente afortunada y duradera relación con el cine.
En los tempranos años sesenta fue uno de los músicos que se benefició de una estrecha relación con las imágenes en movimiento. Es cierto que ya estaba la televisión – herramienta indispensable de promoción para los grupos y solistas tan amplia como la radio -, pero las posibilidades estéticas que se abrían dentro de la combinación del séptimo arte y la música popular estaban aún en ciernes.
De sus primeros etapa pública, en la que intentaba ganarse un lugar en la escena agitada de Nueva York entre los años de 1962 a 1964, hay distintas imágenes sueltas cuyo verdadero valor es meramente archivístico, cuando no anecdótico. En estas presentaciones tempranas en lugares como el Café Wha? o The Bitter End se veía a un cantante que fue transformándose de recién llegado timorato a un aguerrido intérprete que ganaba experiencia en sus presentaciones en vivo y grabando discos con aproximaciones temáticas y rítmicas ajenas al canon del folk tradicional. Sin embargo, es hasta que aparece “Bringing It All Back Home” de 1965 que comienza a perfilarse un conjunto de material fílmico relevante con un verdadero valor artístico.